Champetú

Lequerica o la insostenibilidad del Arte

La primera vez que vi a Francisco ‘Pacho’ Lequerica fue en televisión (2013), bamboleándose graciosamente mientras tocaba el piano, como integrante de la banda ‘La Red Pública de Colombia’, en el programa de concurso ‘Colombia Tiene Talento’. Tiempo después leí un artículo suyo publicado en ‘Las 2Orillas’ (2016), que iniciaba con una máxima demoledora: “Cartagena es una ciudad cruel, especialmente para los que tienen sus ideales puestos en ella.” Para entonces yo ya había vuelto, sin querer, a Cartagena de Indias y había sido mordido por el delirio y la necesidad de aportar a producir un poco de movimiento cultural en mi propia ajena ciudad. Contrario a mi costumbre, invité a ‘Caimán Divino’, como aparecía en su perfil de Facebook, y le metí conversación, pero resultó un tanto distante y esquivo. Una tarde me lo encontré por la India Catalina en una marcha por la defensa de no recuerdo cuál derecho, y conversamos. La primera impresión que tuve de Pacho es la de un tipo simpático, gracioso, imaginativo e increíblemente ingenioso: “Un actor nato”, pensé. Y resultó ser además de eso y pianista excepcional, director de orquesta, arreglista, compositor, lector voraz en cuatro 

idiomas (español, inglés, francés e italiano), con formación en España, Inglaterra y Canadá, dibujante excelso, poeta en francés y para colmo piloto de avión (virtual). Un hombre del renacimiento, un genio. Y como casi todo puto genio, con la tendencia a resultar eventualmente insoportable.

Por esos días vivía en un cuartucho desordenado en un apartamento que compartía con dos conocidos en El Mirador de Zaragocilla (después viviría en el Hotel Bellavista). Entre papeles y papelitos tirados y un olor a cigarrillo impregnado en el ambiente, me enseñó algunos de sus muchos proyectos. Me identifiqué con Pacho por el desorden, por la ambición de sus obras; y por lo ciega, sorda y desdeñosa que nos resultaba la ínclita ciudad. De inmediato lo invité a hacer cosas juntos.  

Lo primero que hicimos fue un ciclo de cine piano en el marco de un cine club que yo solía programar en el tercer piso de Quiebra Canto. Yo presentaba a Pacho. Pacho en el piano, muy cerca de la pantalla, frente al público, hacía la banda sonora de las películas mudas de Charles Chaplin, Fritz Lang y Buster Keaton. Al final yo pasaba el sombrero. Las escasas monedas siempre iban para él.   

Lo incluí como actor en piezas publicitarias para la Fiesta Champetú. Allí interpretó a varios personajes caricaturescos nacidos de mi imaginación: un gringo apasionado por conocer todos los rincones de Cartagena llamado Tom Jeu, el director de cine experimental francés Jean- Luc Mondieu, y el bipolar crítico de fiestas español Curro Santamaría. El proceso de grabar cada pieza resultaba entre divertido y estresante, pero al final siempre lo logramos. 

Más tarde alquilé una oficina sin ventanas en la calle de La Moneda y se me dio por juntarlo con Emo Way, otro genio repentista que acababa de conocer, un cantautor del barrio San Francisco, otro talento ahogado en los escombros de la ciudad. Nos embarcamos en la idea de hacer champeblues, champejazz o champeloquesaliera. Pero no salió nada o casi nada y con el resto del dinero que me quedaba, y algunas colaboraciones institucionales, organicé el Festival Champetú #CartagenaEsMovimiento, en el que junté y senté a conversar a quienes había identificado como voces activas de la ciudad. Entre ellos, cómo no, a Francisco Lequerica y a Viviano Torres (Anne Swing) para que hablaran sobre champeta y música sinfónica. 

En ‘Bailar con Rebeldes’, una novela escrita ante mis ojos en par de patadas en 2017, Lequerica cuenta desde su perspectiva algunas de estas anécdotas. En dicha novela yo aparezco con el nombre de Ache, dibujado más o menos como un pendejo con buenas intenciones, y en su relato hace guiños a las novelas que por entonces se estaban incubando dentro mí. Una de las dedicatorias en esa novela dice “A Íos, por supuesto”, como a cualquier Mercedes Barcha. 

Luego de eso patrociné modestamente la puesta en marcha de un montaje de champeta sinfónica, con cuatro recomposiciones de un repertorio que yo mismo sugerí, en homenaje a las tres fulgurantes estrellas en el firmamento de la champeta: El Jhonky, El Afinaito y El Sayayín. Dicho trabajo, luego de presentarse con La Camerata Heroica en una Fiesta Champetú, llegó hasta el escenario del Festival Internacional de Música Clásica, interpretado por la Orquesta de Cámara de Colombia, dirigida por el maestro Leonardo Federico Hoyos. De allí saltó la imagen de Pacho a múltiples medios de difusión nacional e internacional, lo que se suponía le daría notoriedad y alguna perspectiva al compositor y director de orquesta Francisco Lequerica. Pero se puede ser famoso por tres días y pobre toda una vida.

Justo cuando la pandemia empezaba a aflojar, Pacho decidió irse a Canadá. Antes de marcharse hizo un video en vivo en redes en el que se dirigía a algunos funcionarios de “la cultura” mientras, que, con voz afectada y ojos llorosos, avanzaba hacia un avión sin que nadie en la ciudad, ni siquiera yo, lo hubiera ido a acompañar al aeropuerto. 

Durante el estallido social se mostró particularmente entusiasta y activo, lanzando canciones e inventivas para apoyar “la causa”, y despotricando sobre la ineptitud de los funcionarios locales. En algún momento apareció en internet una nota anónima con el propósito de enlodarlo y, salvo algunos comentarios destructivos, un buen número de personas reconocía su talento, y pese a todas sus imperfecciones, que, por lo menos hasta ahora, “solo a él solía hacer daño”.  

A partir del 2020 empezó a publicar una serie de libros con la editorial independiente ‘9 Editores’, partiendo de la novela ya mencionada, un libro de cuentos ‘Deterioro de Rituales’ (2020); una novela ambientada en España: ‘El Boig’ (2021); y el libro de poemas ‘Réquiem por un disfraz’ (2023).

Después de algunos desagradables incidentes acaecidos en mi vida corté el contacto con Francisco Lequerica y con el resto de la ciudad. Sabía que el frío y la soledad lo habían hecho regresar de Canadá, que andaba publicando sesudos artículos de opinión en El Universal, que habiendo cerrado (¡por fin!) el legendario Hotel Bellavista, se había ido a vivir por los lados de La Terminal.    

A mediados del año pasado Pacho me había escrito, molesto, por WhatsApp, exigiéndome que retirara todo el material que lo incluyera de las redes de Champetú. Así lo hice. Hace poco me volvió a escribir para disculparse y me habló de un escándalo mediático del que honestamente no me había enterado por andar metido en mi mundo de ficción y en mi gira secreta de teatro clandestino. Fue y no fue una sorpresa cuando en varios medios leí que un delincuente había amenazado de muerte al director titular de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, Joachim Gustafsson, y que lo habían denunciado ante la Fiscalía. “Fuera de mi país maldito vikingo sediento de sangre”, fue la provocadora expresión usada por Pacho. Tengo entendido que la denuncia en la Fiscalía jamás fue interpuesta y que los medios que difundieron presurosos la información no accedieron a retractarse y una tutela interpuesta a través de un abogado también fue negada.  

Hace unos días leí una entrevista suya hecha por el periodista y escritor Gustavo Tatis Guerra: “Ser artista en Cartagena es insostenible”. Y posteriormente una generosa y amplia referencia a esa misma entrevista en el editorial de El Universal. En la entrevista anuncia melodramáticamente su retiro del arte y del medio cultural, y con elocuencia y claridad arroja perlas que en medio del lodazal nadie quiere o sabe escuchar. El editorial es un reconocimiento, un resaltador y un amplificador a cada una de sus palabras, una especie de mea culpa tardío de un periódico que hace lustros cerró su magazín dominical y cuya sección cultural con frecuencia se llena con reseñas de películas de Netflix y notas del show business internacional. 

Antes de eso Pacho me había escrito preguntándome qué hacer. No lo sé. No sé a través de qué camino Pacho podrá conciliar su talento con sus expectativas. No sé si el arte pueda o deba vencer con reclamos y argumentos. Me he alejado de la política cultural y he tomado distancia de Cartagena en términos prácticos y físicos… y ahora es simplemente la ciudad de algunos libros por publicar. Pero le diría que hiciera un gesto. Que pusiera en marcha otro de esos proyectos rimbombantes y estrambóticos que dejamos inconclusos en alguna de esas tardes irrepetibles de charla amena en el patio del Hotel Bellavista. “Concierto para NO delinquir” (creo que ya usó el título en algún lado): 22 músicos con instrumentos en mano escogen al azar a 22 mototaxistas estacionados en Puerto Duro bajo el sudor del medio día. Como parrilleros y con capuchas, avanzan en las motos por la Avenida Venezuela obstaculizando el carril de Transcaribe y sacando tenues notas a sus instrumentos. Llegan raudos hasta la Plaza de La Paz, atraviesan por las tres entradas de la Torre del reloj. Antes de dirigirse a la Plaza de la Aduana dan cinco vueltas alrededor de la estatua de Pedro de Heredia. Y luego de rodear la estatua de Colón y el indígena arrodillado a sus pies, los músicos y el director (sin quitarse jamás las capuchas) descienden de las motos frente al balcón de la Alcaldía. Mientras las motos dan vueltas dibujando formas no descritas bajo el sol canicular, los músicos tocan rabiosas notas de champeta sinfónica. Y permanecen frenéticos hasta que se acabe la gasolina de las motos, se rompan las cuerdas de los violines o el calor los derrita. O hasta que los contraten a todos (director y músicos… y también a los mototaxistas) durante un año o dos para que se tomen con Arte la ciudad a la que sin sonrojarse llaman Patrimonio Histórico y Cultural de La Humanidad. ¡Qué va! 

Al compás del ruido y el delirio, la ciudad pirata, sicaria, usurera, chabacana, prostibularia, continuará devorando a quienes tienen sus ideales puestos en ella. Y luego a todos los demás. 

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